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jueves, septiembre 02, 2004

Sembrador de palomas

Estaba lejos de todo. Lejos de los lugares y los aires que lo hacían vivir, lejos de la paz y la tranquilidad. Sin una familia en la que sostenerse realmente, y con una timidez demasiado grande como para confiar sus sentimientos a sus escasos amigos.

El trabajo de oficina no lo satisfacía, porque amaba los espacios abiertos e inmaculados. Su temperamento apacible y contemplativo no congeniaba con el mundo actual del poder, el dinero y el frenesí de sensaciones. A la vez, su cuerpo vigoroso – como hecho a propósito para andar en contacto con la naturaleza y perseguir horizontes inabarcables – no encontraba su lugar vital.

Pero lo peor de todo era que ella no lo quería. Estaba solo y triste. Definitivamente, no era feliz.

En todo esto pensaba durante esa tarde de primavera, sentado en su habitación, mientras afuera un pedazo de cielo, el verde del pequeño jardín y la fragancia de los jardines se constituían en símbolos de lo que no lograba ser. Sus pensamientos se entrelazaban con sus sentimientos y sensaciones, formando un cúmulo de emociones e ideas mucho más profundo y complejo que lo que cualquier combinación de palabras hubiera podido expresar.

Reflexionaba en su tristeza y desamparo, cayendo en hondos pozos de angustia de los que parecía no poder salir.

Y sin embargo, cuando creía que ya no le era posible estar más hundido en soledad y dolor, halló en sí mismo un regalo que no esperaba: la melancolía, y con ella una extraña y dulce paz.

Algo había encontrado.

En ese estado de tranquila tristeza y dulce conmiseración, miró su mano que descansaba cerrada sobre uno de los brazos del sillón, y la abrió. El gorrión se quedó sentado en la palma, hinchando su pecho de plumas suaves, latiendo como un corazoncito tibio y delicado, sin inquietud alguna.

Con un leve movimiento, para no alarmarlo, lo impulsó a través de la ventana abierta, hacia su espacio natural y la libertad.

Cuando salió de su casa un rato más tarde, llevaba dibujada una sonrisa triste y su rostro tenía una expresión calma y sosegada. Daba la impresión de alguien que ha buscado una melodía hermosa durante mucho tiempo, pero no encuentra sino los resabios y los ecos de la belleza perdida y añorada, y, no teniendo otra cosa, se conforma con ellos.

Suelo verlo, caminando por distintos lugares de la ciudad. Su expresión melancólica pero tranquila y con un fondo de alegría es siempre la misma. Cuando abre la mano, un pájaro aparece en ella y lo echa a volar, mientras la gente – especialmente los niños – observan embelesados, se ríen y aplauden. A veces él también ríe con los demás cuando siembra pájaros, y el sonido de su risa se parece al de un arroyo de aguas cristalinas y frescas. Los pájaros aparecen en sus manos, y él los libera. Aquí una paloma, allá una golondrina, más allá un colibrí delicado y bello como una esmeralda, la obra perfecta de un relojero mágico. Y allí donde pisa, crece una flor.